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domingo, septiembre 27, 2020
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¿Qué haces cuando ves a alguien sin cubrebocas?

“Se supone que debemos usar cubrebocas”, dijo el anfitrión cuando entré a una fiesta de cumpleaños recientemente en Pensilvania. Hizo un gesto de fastidio con los ojos y otro con la mano, como si quisiera decir: “Haz lo que quieras. Sabemos que deberíamos usarlos, pero sabemos que todos estamos bien”.

Eché un vistazo al lugar. Nadie estaba usando cubrebocas, aunque a algunas personas les colgaban alrededor del cuello y había algunos sobre las mesas cerca de los platos y los vasos.

Reflexioné sobre si ponerme uno y, como médico, lo hice. Los invitados me miraban vacilantes, notándolo. Me sentí incómodo.

Dos invitados se acercaron, a entre 60 y 90 centímetros de mí, sin mascarillas y con cervezas en la mano. Parecían un poco inquietos, como si se sintieran culpables por sus rostros descubiertos, y sentí como si ellos se preguntaran si, ante la evidencia, yo los estaba juzgando, si no confiaba por completo en ellos o si sencillamente estaba siendo antisocial.

El pastel de cumpleaños de chocolate se veía delicioso y yo tenía hambre. Sin embargo, no podía comer ni beber con el cubrebocas puesto y, aunque tuve mis dudas respecto a quitármelo, lo hice con renuencia.

Otras personas se acercaron para saludar. Di dos pasos hacia atrás, pero entonces ellos avanzaron. Reflexioné sobre si debía volver a cubrirme el rostro. Si lo hacía, ¿no parecería demasiado nerd, ansioso, neurótico o con ‘poca onda’? ¿O eso no debería importar, ya que estaría protegiendo a los otros asistentes —aunque parecía que no les importaba— y a mí?

Evidentemente, las mascarillas son vitales para proteger a otros y a nosotros mismos de la COVID-19, pero a nadie le gusta usarlas. Nos acaloran y son incómodas, dificultan la respiración, nos empañan las gafas, ocultan nuestras expresiones faciales, obstaculizan la comunicación y son inconvenientes. Más de una vez he llegado a una tienda y he tenido que regresar a casa tras darme cuenta de que olvidé traer una.

Como psiquiatra, también he visto cómo los cubrebocas crean dinámicas interpersonales complejas. Muchos de nosotros ahora tenemos que determinar constantemente si debemos usar uno en presencia de todos nuestros familiares, amigos u otras personas, si tanto ellos como nosotros estamos “seguros” y confiamos en que nos hemos cuidado al estar con otras personas. Estas decisiones pueden ser difíciles. Sospecho que la mayoría de las personas no han usado cubrebocas en algunas ocasiones en que deberían haberlo hecho. Las encuestas indican que a finales de julio, de entre las personas que asistieron a reuniones de más de diez personas, más de la mitad no usaron mascarilla y el 46 por ciento de los residentes urbanos por lo regular no las utilizaron al estar a menos de dos metros de personas que no viven con ellos.

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Los grupos sociales también han creado y reforzado sus propias normas sobre los cubrebocas a través de presión y expectativas sutiles y no tan sutiles. “Ahora, cuando mi familia extendida se reúne”, me dijo un amigo, “discutimos sobre si todos necesitamos usarlos. Mis hermanos siempre preguntan: ‘¿Qué? ¿No confías en nosotros?’”.

Como señaló el sociólogo Erving Goffman, la gente dentro de los grupos busca por lo general evitar por completo o en la medida de lo posible comportarse de maneras que otros puedan ver como estigmatizadoras, “dañinas para la reputación” o malas. Muchos dudan respecto a usar cubrebocas debido a presiones implícitas de sus grupos y a preocupaciones sobre lo que otras personas podrían pensar. Por lo regular, las personas desean ser queridas y aceptadas, no rechazadas o ignoradas. Buscan parecer amistosas y abiertas, no hostiles, paranoicas o temerosas. Aun así, estas reacciones emocionales profundamente arraigadas ahora nos lastiman de maneras que los expertos en salud pública y el resto de nosotros necesitamos atender de manera urgente mucho más de lo que hemos hecho hasta ahora.

Sin embargo, el estigma puede funcionar en ambos sentidos, ya sea impulsando o bloqueando comportamientos que pueden ser vitales para la salud pública. Fumar pasó de ser “genial” a estar muy mal visto, aunque eso llevó décadas de investigación médica y campañas de salud pública. Antes del 11-S podías dejar tu maleta en la terminal de un aeropuerto por un momento para ir al baño; ahora, desencadena miedo y la intervención de la policía, reforzada igualmente por incesantes mensajes públicos: “Si ves algo, di algo”.

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A mediados de la década de 1990, como miembro de la Escuela de Salud Pública de Columbia, participé en debates feroces sobre si tratar de estigmatizar a las personas que no usaban condones. Muchos defensores de los pacientes de sida argumentaron que entonces estaríamos “culpando a la víctima”, ya que las personas que vivían con el VIH se verían obligadas a revelar que tenían el virus. Pero los expertos en salud pública perseveraron y argumentaron que cualquier persona sexualmente activa con múltiples parejas debería usar condón, no solo los que son VIH positivos. Celebridades como Magic Johnson reforzaron el mensaje al revelar públicamente sus propias infecciones e instar a la adopción de prácticas sexuales más seguras, lo que ayudó a aumentar el uso del preservativo.

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Un número de factores psicológicos que compiten entre sí pueden influir en si las personas deciden usar cubrebocas o no. Por ejemplo, las investigaciones indican que si pocas personas en una comunidad las usan, los demás son más propensos a pensar que estos individuos corren un riesgo mayor de infectarse. Sin embargo, conforme el virus se propaga en una comunidad, las normas pueden cambiar. Ahora, en mi propio vecindario de Manhattan, se puede sentir como estigmatizador el no ponerse una mascarilla. Al parecer, todos las usan. Si no lo haces, las personas te miran con desprecio o con cautela. Yo también he mirado con recelo a los transeúntes descuidados que no traen puesto un cubrebocas.

Pero en el resto de los lugares, hay una amplia gama de posibilidades respecto al uso de tapabocas. En un Walmart que visité en Pensilvania, a pesar de los letreros que anunciaban que el estado había impuesto el uso obligatorio de cubrebocas en las tiendas, muchas personas no los llevaban y a nadie parecía importarle. He visto bares en Manhattan por la noche llenos de jóvenes y ninguno de ellos tenía la cara cubierta. Parecía ser “genial” que a nadie le importara.

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De acuerdo con estudios, las personas que han tenido experiencias personales con un riesgo en particular piensan que es más probable que ocurra y sopesan de manera más minuciosa sus decisiones. En general, los jóvenes han conocido a menos personas con síntomas graves de la COVID-19 y por eso les preocupa menos.

Las investigaciones indican también que mientras más se vea a personas usando mascarillas, más probable es que los demás las usen. La exposición a los grupos que cubren sus rostros hace que la gente se sienta menos extraña al usar tapabocas.

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En cierto punto, si todas las personas empiezan a ponerse cubrebocas, su uso se podría convertir en una nueva norma, pero llegar a ese punto lleva tiempo. Algunas personas cambian su comportamiento más rápido que otras. Las investigaciones también indican que las personas que están más preocupadas por el bienestar de los demás son más propensas a ponerse una mascarilla.

Cuando me terminé la rebanada de pastel en la fiesta de cumpleaños me cubrí de nuevo el rostro. No obstante, seguí siendo la única persona en hacerlo. No dejé de sentirme raro, pero tenía la esperanza de que otros siguieran mi ejemplo, si no en ese momento, muy pronto.

Robert Klitzman es médico, profesor de psiquiatría y director del programa de maestría en bioética en la Universidad de Columbia, así como autor de Designing Babies: How Technology is Changing the Ways We Create Children.

Fuente: nytimes.com

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