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“Gogo” Ruiz, buscado vivo o muerto

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Vivo o muerto, así se lo busca aun hoy a Gogo Ruiz. Suena cruel pero más dura es esa larga angustia que soporta su familia que hace ya 8 años no sabe de él y lo espera en su casa de Caucete. Y es que no le encuentran explicación de cómo es que este empleado público y pequeño transportista desapareció tan misteriosamente luego de algo tan común como ir a una consulta con su dentista.

Qué pasó antes o después, nadie lo sabe. Esos interrogantes rondan desde el 24 de septiembre de 2010, fecha en que empezó a escribirse otro capítulo de las historias policiales de San Juan que todavía no tienen respuesta y que lleva el nombre de Adolfo Ramón Ruiz, más conocido como “Gogo”.

El enigma es doble porque por donde lo miren no hay nada para sospechar. Es que “Gogo” Ruiz llevaba una vida sin sobresaltos y muy rutinaria en su casa del sector 4 del barrio Felipe Cobas de Caucete, donde vivía con sus dos hijos y su esposa Cruz Llanos, su compañera de casi 29 años.

Fanático de River, afecto a las reuniones con amigos y de perfil bajo, el hombre no tenía siquiera preocupaciones económicas como para suponer que estuviera asfixiado por las deudas. Le alcanzaba con lo que ganaba en su trabajo en la Dirección de Arquitectura y además contaba con ingresos por tres viejos camiones y un furgón que alquilaba al municipio de Caucete para la recolección de residuos o a las fincas para la época de cosecha.

“Era de pocas palabras, pero a cualquiera que pregunten le va decir que mi viejo no era mala gente”, contó alguna vez su hijo mayor, Daniel. Este joven tenía 28 años y estaba radicado en San Luis por cuestiones de estudio cuando su madre lo llamó para avisarle que su padre no había vuelto a casa la noche del 24 de septiembre de 2010. Nunca antes había desaparecido y, aunque la preocupación existía, lo que imaginaron en ese momento era que andaba con sus amigos, quizás con alguna mujer o en el peor de los casos que había sufrido un accidente. El transcurrir de los días fue tirando por tierra esas conjeturas y la situación se transformó en una verdadera angustia porque ni sus conocidos ni sus familiares sabían de él y en los hospitales de la provincia o en las comisarías tampoco existían registro de su ingreso.

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Daniel junto a su hermano Fredy, que en ese entonces contaba con sólo 19 años, y su madre encararon la difícil tarea de buscar por todos lados al jefe del hogar y denunciar su desaparición. Los policías de la Seccional 9na de Caucete no tardaron en comprobar que el tema era complejo por la falta de pistas y se adentraron en una investigación a ciegas.

Una vida sin sobresaltos

¿Pero qué la hacía tan particular a la causa? Que “Gogo” Ruiz supuestamente no cargaba con mala reputación en su vecindario ni en su trabajo, que en apariencia no tenía problemas con nadie, que no andaba en negocios turbios o “malas juntas” y que su vida puertas adentro de su hogar era muy tranquila. Se habló de una posible amante, pero no se llegó a nada por ese lado. Entonces resultaba descabellado pensar que un hombre de 51 años con estabilidad económica, con casi tres décadas de matrimonio, con hijos grandes y sin vicios podría emprender la aventura de abandonarlo todo. Encima faltaban 3 días para su cumpleaños cuando desapareció. Tampoco encontraron indicios de que estuviese depresivo o afligido por algo como para concebir la idea de quitarse la vida. Así las cosas, se hizo dificultoso pensar en cualquier hipótesis y a la vez descartarlas a todas.

El único dato concreto es que Ruiz salió a pie de su casa la tarde de ese viernes de septiembre y concurrió a su dentista en la calle Juan José Bustos, a siete u ocho cuadras de su casa. Los investigadores constataron que efectivamente se hizo atender con la odontóloga y que a eso de las 20 abandonó el consultorio. Según testimonios de sus allegados, esa tarde noche debía buscar a un amigo para acompañarlo a un taller. Lo curioso es que jamás se encontró con ese amigo y no regresó a su domicilio. Lo demás, es puro misterio.

Los policías de Caucete y de la Brigada de Investigaciones de la Central entrevistaron a todos sus amigos y parientes cauceteros, también se contactaron con aquellos que viven fuera de la provincia y nadie pudo dar un rastro sobre su paradero. La incertidumbre se instaló esa casa del barrio Felipe Cobas y fue cómo que la vida de la familia Ruiz Llanos se detuvo en ese 24 de septiembre. La ropa y los recuerdos personales del empleado público y pequeño empresario quedaron ahí como testigos mudos de una espera que no tenía fecha.

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Cruz y sus hijos vivían pendientes del teléfono, quizás aguardando una señal esperanzadora. Es verdad que recibieron otras comunicaciones o mensajes a través de los cuales les contaban que “Gogo” Ruiz andaba por tal o cual lugar, pero en definitiva fueron datos falsos o versiones jamás confirmadas. El desconsuelo calmó las primeras ansiedades y la impotencia se impuso ante ese llamado que nunca llegó.

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El desconcierto

La misma sensación de caminar sobre la nada contagió a los policías y al juez Enrique de la Torre, a cargo de la investigación en el Primer Juzgado Correccional, que no sabían para dónde tomar. El gobierno de la provincia ofreció en ese entonces una recompensa de 100.000 pesos para todo aquel que aportara datos fidedignos sobre el paradero de Ruiz, pero de poco sirvió.

En agosto de 2011, del lado más inesperado apareció una pista que erizó la piel a más de uno. Mariela Gutiérrez, la acusada de asesinar a su ex pareja Alejandra Bolaños y enterrarla en una finca de San Martín en julio de ese año, reveló que su concubino Rodolfo Angulo -su cómplice en ese crimen- le había insinuado en una ocasión su autoría en el homicidio del caucetero. La chica aseguró que escuchó decir al changarin que había matado a “Gogo” Ruiz y que estaría enterrado en una especie de sótano de una finca o en unos médanos de San Martín. La declaración no podía tomarse a la ligera, más viniendo de una homicida confesa en otra causa. Fue así que el 18 de agosto y los días posteriores la Policía realizó rastrillajes y excavaciones en una finca de la Puntilla y en dos lugares de la zona de San Ceferino, en ese departamento. Encontraron ropa vieja y bolsas con huesos de animales, pero ni un solo rastro de Ruiz. Otra vez la causa volvió a un punto muerto.

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Al cabo de un año de iniciada la pesquisa, el juez De la Torre se dio por vencido y pidió apartarse de la causa argumentando que agotada la instancia de búsqueda, no quedaba otra alternativa que sospechar que la desaparición de “Gogo” no era voluntaria y en consecuencia podrían estar frente a un delito más grave. En ese marco se declaró incompetente y giró las actuaciones al juez José Vega, del Cuarto Juzgado de Instrucción. Al tiempo esto fue rechazado y el expediente regresó al juzgado de origen. Igual la causa no avanzó y al final el juez De la Torre se jubiló en 2013 sin poder descubrir la verdad.

La posta la tomó el juez Eduardo Agudo, reemplazante de De la Torre, quien en septiembre de 2014 se enteró por medio de la prensa de la existencia de un testigo que afirmaba que vio y habló con “Gogo” Ruiz en al menos dos ocasiones en La Rioja durante el 2013. Esa persona es Miguel Ríos, un caucetero radicado en la vecina provincia, que juró y perjuró haberse cruzado con Ruiz en dos festividades. Agregó que lo identificó porque lo conocía de antes y no sabía que lo buscaban como persona desaparecida. Esa declaración fue ratificada en sede judicial y, aunque una comisión policial viajó a La Rioja especialmente para buscar a Ruiz, no hubo nada que indicara que el empresario caucetero anduviera por esa ciudad.

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El caso entró en un camino sin retorno. El juez Agudo fue sincero en su momento: “no puedo decir si está vivo o muerto”, afirmó. Su mujer, sus hijos y ahora sus nietos, que nacieron sin conocer a su abuelo, todavía se aferran a la idea de poder encontrarlo de cualquier manera, por más terrible que sea la verdad. Mientras esa espera continua, el nombre de Adolfo “Gogo” Ruiz es y será otra intriga en la historia criminal de San Juan.

Fuente:https://www.tiempodesanjuan.com

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