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lunes, octubre 19, 2020
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Cuando los síntomas del coronavirus no desaparecen

Judy Londa, una residente de Brooklyn de 55 años que viajaba en metro para dar clases de Arte en una escuela pública de Manhattan a principios de este año, empezó a desarrollar síntomas de COVID-19 dos días antes de que las clases presenciales fueron canceladas abruptamente a mediados de marzo.

Londa dijo que estuvo muy enferma durante dos semanas con “una intensa opresión en el pecho que se sentía como si tuviera un auto estacionado encima y apenas podía caminar de una habitación a otra”. Sin embargo, Londa no ingresó a ningún hospital y utilizó FaceTime para consultar de forma regular a su médico, especialista en enfermedades infecciosas.

Ya en mayo, Londa se sintió lo suficientemente bien como para pasear por el vecindario e incrementó de manera gradual la distancia de sus salidas. Esperaba recuperarse por completo. Pero ahora, más de seis meses después de haberse enfermado, caminar incluso por una colina pequeña puede agotarla. Londa se pregunta si alguna vez volverá a sentirse como la mujer atlética, vigorosa y saludable que era antes de que el nuevo coronavirus entrara a su vida.

“A veces pasan como cinco días en los que me siento mejor y puedo caminar un par de kilómetros y hacer yoga, y luego vuelvo a sentirme agotada durante otros cinco días”, me dijo Londa. “Se enciende y se apaga como un interruptor y los mismos síntomas se siguen repitiendo. Siento como si tuviera cemento haciendo presión sobre mi pecho, escalofríos, tos, dolor de garganta, boca seca, hormigueo en el brazo y ritmo cardíaco irregular. A veces estoy a punto de quedarme dormida y de repente me quedo sin aire y empiezo a jadear como si me ahogara y tengo que levantarme y caminar. Es una situación muy muy deprimente”.

La COVID-19 también la ha dejado con problemas de salud que nunca había tenido: prediabetes, colesterol alto, hipertensión y contracciones ventriculares prematuras, un aleteo cardíaco causado por latidos adicionales en una de las cámaras de bombeo del corazón. Al consultar con otros sobrevivientes de COVID-19 en Facebook, Londa descubrió que otras personas compartían sus síntomas recurrentes y persistentes. Londa se ha sentido bastante bien durante los últimos diez días, pero ha estado dando clases de forma remota para conservar energía.

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Al comienzo de la pandemia, los médicos se enfocaron —por necesidad— en combatir los efectos más graves de la COVID-19 y en salvar vidas, pero ahora se realizan investigaciones para evaluar sus efectos a largo plazo y descubrir formas para prevenir y tratar los síntomas perdurables. Existe una preocupación cada vez mayor de que la pandemia genere “un aumento notable de personas que batallan contra enfermedades y discapacidades duraderas”, reportó la revista Nature.

En un comentario en The Lancet en septiembre, un equipo internacional de especialistas en enfermedades infecciosas admitió: “No sabemos qué decirles a nuestros pacientes cuando nos preguntan sobre el curso y pronóstico de sus dolencias permanentes”. Entre las muchas interrogantes, el equipo citó algunas como “¿La COVID-19 aguda causa diabetes u otros trastornos metabólicos?” y “¿Desarrollarán los pacientes una enfermedad pulmonar intersticial?”.

También se preguntaron: “¿Cuáles síntomas podrían deberse a la ansiedad causada por una nueva enfermedad y el aislamiento, y cuáles son síntomas secundarios de una forma complicada de COVID-19?”. En la actualidad, las incógnitas sobre las consecuencias a largo plazo de esta infección viral potencialmente devastadora superan con creces lo que se sabe con certeza.

Existe un hecho ya comprobado: una persona no necesita haber tenido un caso grave de la enfermedad para experimentar síntomas que persisten durante meses y, el tiempo lo dirá, posiblemente años. Incluso algunas personas que tuvieron infecciones leves de covid experimentan síntomas mucho después de recuperarse de la enfermedad aguda.

La variedad de síntomas reportados es vasta. Incluye fatiga inusual por actividad física o mental, niebla cerebral, irregularidades de temperatura, erupciones, problemas de memoria e insomnio. Según Dayna McCarthy, especialista en rehabilitación del Centro Monte Sinaí de Atención Posterior a la covid, es como si la respuesta inmunitaria del cuerpo al coronavirus desequilibrara el sistema nervioso.

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Los efectos a largo plazo entre los que sobrevivieron a otra enfermedad grave por coronavirus, el SARS, no son muy alentadores. Reportes de la Clínica Mayo indican que “muchas personas que se han recuperado del SARS han desarrollado el síndrome de fatiga crónica, un trastorno complejo caracterizado por una fatiga extrema que empeora con la actividad física o mental, pero que no mejora con el descanso. Lo mismo podría sucederles a las personas que han tenido COVID-19”.

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El nuevo coronavirus puede dañar los pulmones, el corazón y el cerebro, lo que incrementa el riesgo de problemas de salud persistentes. Los expertos de Mayo mencionaron que “algunas ecografías tomadas meses después de la recuperación de COVID-19 han mostrado daños permanentes al músculo cardíaco, incluso en personas que solo habían tenido síntomas leves de COVID-19”.

La enfermedad puede causar coágulos de sangre muy pequeños que pueden bloquear los capilares del corazón y dañar de forma permanente el músculo cardíaco. La enfermedad también puede debilitar los vasos sanguíneos y lesionar los riñones y el hígado.

La covid puede dejar cicatrices en los diminutos sacos de aire de los pulmones y causar dificultad respiratoria a largo plazo, incluso si las cicatrices sanan de forma parcial. Este efecto sobre la función pulmonar acabó con la vida de 107 años de Marilee Shapiro Asher, una artista célebre en Washington que siguió activa en su profesión hasta que la COVID-19 la abatió a principios de la primavera. Tras cinco días en el hospital, Shapiro se recuperó de la infección aguda. Sin embargo, falleció varios meses después debido a daños causados por el virus en sus pulmones, que los dejaron frágiles y llenaron sus alvéolos de líquido.

Con el SARS, un seguimiento de quince años de los pacientes reveló que la mayoría de las recuperaciones pulmonares se dieron en dos años, pero algunos efectos pulmonares leves permanecieron de forma indefinida en más de un tercio de los pacientes recuperados de SARS.

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Los efectos relacionados con el cerebro de una infección activa de COVID-19 pueden incluir apoplejías, convulsiones y una parálisis temporal llamada síndrome de Guillain-Barré.

Muchos pacientes con covid pierden el sentido del olfato y del gusto durante la enfermedad aguda, pero para algunos este efecto neurológico persistió meses después de haberse recuperado. Y aún queda la duda de si la infección viral también aumentará el riesgo de desarrollar más tarde problemas neurológicos como la enfermedad de Parkinson o la de Alzheimer.

Las personas que estuvieron gravemente enfermas con COVID-19, especialmente aquellas que pasaron semanas o más tiempo aisladas en cuidados intensivos, con o sin ventilador, pueden desarrollar síntomas de síndrome de estrés postraumático y problemas persistentes de ansiedad y depresión. Su trauma emocional puede causar pesadillas recurrentes y el miedo a estar solo e, incluso, a dormirse.

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De hecho, Londa dijo que es imposible saber cuántos de sus síntomas recurrentes o su gravedad son el resultado de una ansiedad no resuelta derivada de la enfermedad aguda o del temor a no volver a ser la persona que era antes de la covid.

Un estudio de 179 pacientes recuperados de COVID-19 en Italia reveló un “empeoramiento de la calidad de vida” meses después en el 44,1 por ciento de ellos, y una alta proporción reportó tener fatiga constante, dificultad respiratoria, dolor en las articulaciones y en el pecho. Sin embargo, en la experiencia de McCarthy, los pacientes sí mejoran tras padecer covid, aunque algunos síntomas tienden a ir y venir, y la recuperación “es lentísima”. McCarthy sugiere que los pacientes realicen sus actividades en dosis más pequeñas y que no se presionen por vivir como lo hacían antes de la covid, ya que eso podría empeorar sus problemas.

Jane Brody es columnista de salud personal, cargo que ocupa desde 1976. Ha escrito más de una docena de libros, incluidos El libro de nutrición de Jane Brody y el Libro de buena comida de Jane Brody.

Fuente: nytimes.com

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