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martes, enero 19, 2021
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Una cita de cinco semanas en un barco por la Antártida


Allá me sentí llena de vida, con mucha energía obtenida de la naturaleza. Al parecer era inmune al mareo que sufrían muchos pasajeros, por lo que pasaba horas en el puente viendo cómo la proa chocaba con las olas.

A mitad del viaje de dos semanas, comencé a preguntarme si estaba enamorado de mí. No, seguramente me estaba imaginando cosas. Y aunque no fuera mi imaginación, ¿podría considerar seriamente a alguien tan grande, tan curtido? Pero mi enamoramiento con la región subantártica me había dejado abierta a las posibilidades, y él prácticamente era parte de esas islas. En una, había descubierto a una especie de ave que se creía extinta. En otra, se había hecho una herida en la rodilla de la que tenía una cicatriz tras la mordedura de un león marino. A veces, cuando hablaba de la vida silvestre de la región subantártica, se le llenaban los ojos de lágrimas.

Mientras estaba sentada en el bar del barco con unos cineastas irlandeses —los únicos pasajeros que estaban por debajo de la edad de jubilación— me trajo pequeños regalos, como los pingüinos, que cortejan con guijarros a sus posibles parejas: tazones adicionales de papas fritas, un libro que había coescrito.

Los cineastas me hacían caras burlonas.

“¿Estoy loca por sentirme interesada?”, les pregunté.

En nuestra última noche, lo busqué, curiosa de saber si daría el paso. Nuestra conversación fue incómoda por decirlo de buena manera, pero durante ella me contó su experiencia al llegar de noche a un campamento de pastores chukchi de renos en Siberia. Por encima de un rebaño vasto de miles de animales y la delgada nube congelada de su hálito, franjas serpenteantes de aurora verde llenaban el cielo.

Jamás había envidiado tanto el recuerdo de una persona. Mi brújula interna se inclinó hacía él y se quedó ahí.

Cuando bajé del barco, decidí que, si en una semana seguía pensando en él, haría algo al respecto. En la octava noche, envié un correo electrónico con el que le pregunté casualmente si podía acompañarlo a alguno de sus viajes siberianos para escribir sobre eso. La logística no funcionaba, pero poco después empezamos a averiguar dónde y cuándo nos reuniríamos.

Acepté ir a las Islas Salomón, pero el plan quedó aplazado debido a un conflicto en nuestros calendarios. Escribió de nuevo al día siguiente. Regresaría de la Antártida en dos semanas, se reabastecería y compraría combustible, recogería a nuevos pasajeros y saldría de nuevo. ¿Quería ir?



Fuente:nytimes.com/

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